Entrevista a Claudio Plit, un pez en la tierra, un hombre de agua

Leo Baldo entrevistó para la NAF a Claudio Plit, campeón de natación en varias competencias internacionales que llegó a cruzar el Canal de la Mancha, ese “Everest del nadador” que se atraviesa braceando entre la neblina y trepando olas enormes, que recibió uno de sus numerosos premios de manos de Diego Maradona y que hoy continúa con su prédica a favor de la disciplina. Aquí la charla con un gran pez de barba blanca.




Adulto y niño. Gran pez con barba blanca. Cuenta y enseña. Cruzó el Canal de la Mancha que separa, entre aguas gélidas, Inglaterra de Francia, una travesía conocida en la jerga como “el Everest del nadador” que se atraviesa braceando en la neblina y trepando olas enormes. Plit es el agua, digo, el Ulises que disfruta de lo errático y peligroso. Ese mar narrativo. Una idea fundada e interpretada por cada persona que lee cuando alguien habla del supremo salado.
Plit fue cuádruple campeón de la Capri-Nápoles. La última vez que la ganó, un Diego Maradona campeón del 86 le entregó el trofeo a su llegada a las playas napolitanas diciéndole: “Qué bien lo que hacés y que espalda tenés, loco”. El nadador que había conquistado las tres anteriores, quedó estupefacto ante el más grande. Claudio tiene muchos trofeos y medallas, pero es un tipo humilde. Un grande, como dicen. Un personaje literario. Es un héroe colectivo divulgando su pasión con antiparras.
Bien podría ser, don Plit, la representación física del nadador que Héctor Viel Temperley imaginaba cuando escribió “Soy el nadador/ soy el hombre que nada”. En algunas circunstancias, también evoca líneas de El Entenado, de Juan José Saer: “Los cuerpos, uno detrás de otros a distancia regular, parecían atravesar, lentos, el vacío de una inmensa esfera azulada que de noche se volvía negra, acribillada en la altura de puntos luminosos. No se veía un pez, un pájaro, una nube. Todo el mundo conocido reposaba sobre nuestros recuerdos”. Están nadando.
Radicado en Mar del Plata, transmite su entusiasmo en una piscina de 17 metros que atiende junto a su familia. La “alberca”, como le dicen los españoles, está ubicada dentro de su casa; en un patio. Allí concurren muchas personas de Mar del Plata y de otras ciudades. En fin, la visita al maestro del agua y del Tao ya es hecho.
Plit, como el sonido de una piedra pequeña cuando cae al agua (“plit”), nació un 7 de noviembre en Rosario, al lado del Paraná y cerca de arroyos que unen sus aguas con el gigante marrón, acuoso y profundo, que atraviesa gran parte de Sudamérica y conforma cuantiosos deltas, que se separan y vuelven a juntarse. El delta es nadador entre nadadores, que se apartan y vuelven a reunirse. Algo hay allí. Todo es comienzo.

“Yo soy Claudio Marcelo Plit, nací el 7 de noviembre de 1954 en la ciudad de Rosario, Santa Fe. Tengo 67 años”, dice, mientras acomoda una torre en el tablero de ajedrez apoyado sobre la mesa de su escritorio. Empezó a nadar en competencias a los seis años. Su padre había fallecido dos años antes y su madre lo mandó al Club Fisherton, donde su abuelo le transmitió una de sus grandes pasiones: Nadar. Braceo, genealogía y agua. Su abuelo fue un gran nadador. Surcaba las aguas en Gibraltar, España. “La historia del gran abuelo nadador la fui conociendo a medida que crecía”, comenta el gran pez. Su figura lo influyó fuerte a través de las historias maternas. Marca de agua. Femenina historia esta parte de Claudio.
Entonces nadaba con su hermano Ariel, un año y medio más grande. Juntos crecieron en el Fisherton: “Es un club que cumplió 100 años y es totalmente de barrio. Se originó al lado de las vías del ferrocarril; es un barrio de obreros y de trabajadores. En esa piletita aprendí a nadar y luego a competir. Vi que todo iba como en un carril en donde estaba seguro que la natación era mi vida, de que tenía que seguir nadando”. No había otra opción para el nadador. A los siete años quería competir, correr, competir, pero su entrenador le decía “Esperá, no podés correr todas las carreras”.
 
Aguas abiertas, natación sin límites
A los 12 años Claudio se propuso nadar en el río, ese otro texto acuoso, sin límites, con fauna y flora presentes. El gran paisaje que oxigena. Se trataba de la carrera “El Cruce del Puerto”, en el Paraná, un río con correntadas de hasta 6 o 7 kilómetros por hora, dependiendo de la época del año. El niño Plit gana en su categoría y queda quinto en la general. Un recuerdo tatuado en el tejido pasional humano. Vuelve al club con el trofeo, lo reciben sus compañeros. “Son cosas que no te olvidás más. Cuando sos chico, te gusta competir y ganar, pero a mí me gustaba entrenar”, rememora. Nadaba 5 mil, 8 mil metros. Nadaba, nada y nadará. A los 13 años ya hacía 12 kilómetros, algo muy extraño en el universo de la natación en aguas abiertas. Un surubí que buscaba otras aguas. Dos años después ya nada la antigua y simbólica Vuelta de Obligado, en San Pedro, durante cuatro horas, y queda segundo. ¿De dónde venís, “barrilete cósmico” del nado? Empieza a ganar en el puerto, empieza a ganar en Santa Fe, empieza a ganar en el hoy inexistente Arroyo Quillá, de donde era el gran nadador argentino Pedro Candiotti. “Lo que no está desparecido, está por desaparecer o contaminado”, enfatiza Plit, quien no ignora los problemas ambientales. La natación es un todo, también ecología. “El mundo cambió rotundamente. Nosotros nadábamos por ríos limpios que hoy están llenos de barcazas”. Como otra marca del cambio de épocas, Plit también recuerda que el mayor accidente de la historia de la natación en aguas abiertas en nuestro país se produjo en Misiones, en el año 2010, en Encarnación, donde ocho nadadores murieron.
Plit nos recuerda que Enrique Tiraboschi fue de los primeros nadadores argentinos en cruzar el Canal de la Mancha, en los años de la post-guerra, un recorrido desde las costas inglesas de Dover hasta francesas de Calais. Son 36 kilómetros en un mar un poco alocado, que requiere abordarlo con ojos de respeto y compromiso colectivo. Nadie nada sólo o sola. Y añade sobre Tiraboschi: “Es el que une todo, el que comienza a predicar el agua. Lo hacía oralmente porque no había acceso a lo impreso. Visitaba Mar del Plata, Santa Fe. Caminaba el país acuático. Pregonaba y contaba las hazañas del capitán Matthew Webb, quien había cruzado por vez primera el Canal de la Mancha en estilo pecho (porque aún no se conocía el estilo crol). Este cruce inaugura la natación moderna. De Webb para atrás ya estaban nadando los griegos, los indios nuestros en el sur. Todos nadaban, pero era utilitario, esto fue deportivo”, relata el gran pez mientras exhibe su pasión por la historia de la natación. ¿El libro de agua? El nadador nos explica que crol se conoce con la tribu Kajanamoku, surfistas que nadaban en las dársenas de Hawái y que los Juegos Olímpicos arrancan 11 años después del cruce de Webb, lo que ubica a su hazaña en aguas abiertas como el primer evento de la natación competitiva. El ADN, el árbol genealógico de las aguas abiertas, tiene como pilar al Canal de la Mancha. En nuestro país después vienen Lilian Gemma Harrison (la primera persona en cruzar a nado el Río de la Plata), Pedro Candiotti y Antonio Albertondo, “la boya”, que fue el primero en hacer el cruce del canal ida y vuelta. “Fue y volvió nadando over. Además, unió Rosario y Buenos Aires, con una permanencia en el agua de 74 horas. Estaba acompañado e iba hidratándose. Porque soportar el sueño requiere un entrenamiento aparte. Albertondo pasó el límite de lo humano, único. Podríamos decir que se trata de supervivencia”, cuenta Plit.
Los escritos que presentan hazañas se hacen carne en estas historias de Claudio y también en los dorsales y brazos del nadador que charla conmigo en su casa. ¿Se vence al sueño gracias a voces internas que empujan a seguir?, le preguntamos. Y responde: “A cada nadador o nadadora de aguas abiertas le aparece, cuando nada muchos kilómetros, algo diferente. Me sucedió en 1987 cuando uní la ciudad de Santa Fe con Rosario y estuve nadando toda una noche sin dormir, 23 horas y 1 minuto. Había un record anterior de 27 horas y un amigo periodista, Carlos Larriera, impulsor de la Santa Fe-Coronda, me propuso que nade Santa Fe-Rosario. Él decía que era fácil porque yo ya había nadado las 18 o 19 horas del Saint James de Canadá y me veía muy bien”. Claudio pensó lo mismo que su amigo periodista, que 18 o 19 más otras 5 horas “no debería ser una gran diferencia”, pero resultó que sí. “Realmente no dormir es algo muy duro para el organismo”.

Predicar el agua es nadar con la palabra
El mar, descansa y es noctámbulo, pero Plit reflexiona sobre el mundo que se acelera día a día y duerme menos. Hiperconexión, pantalla como extensión del cuerpo. La persona que padece esa realidad atravesada por el tedio y la tecnología circundante, cuando se desocupa, quiere nadar. “Hoy hay un planteo: ¿cómo me desconecto? ¿Cómo me relajo, cómo cambio el pantallazo de lo que hacía y todo? En realidad, uno debería vivir deliberadamente relajado, deliberadamente. Y hay personas que son así. Yo no lo soy, pero apunto a serlo. Es lo que va saliendo. Se trata de reducir ansiedad de vida”, comenta.
Le pregunto si un operador financiero puede estar relajado y ríe, afirmando que “un operador financiero está loco, directamente”, y que probablemente sea alguien “desmedidamente ambicioso”. Aunque a lo mejor no todos lo son y además, la ambición puede manifestarse de otras formas. En su caso, reconoce haberse vuelto “ansioso por bajar la marca de la pileta”, hasta llegar a una “sintonía de locura” que hoy fue reemplazada por la cuota de 2 o 3 mil metros por día, que es lo que su cuerpo necesita. “Voy hacia mi cuerpo, voy hacia lo que nunca conocí”, representó el poeta Temperley en una frase. Claudio va y viene a su cuerpo.
Tras las risas, remarca que “lo principal sería levantarse, ocuparse del vehículo, la familia, los cariños y el entorno que tiene uno”. Y explica que el vehículo es el cuerpo de cada uno y que hay que escuchar lo que nos dice , contemplarse. A veces pasa que el vehículo nos pude decir: “Hoy quiero mar, hoy quiero nadar estirado, hoy quiero nadar en piscina y fuerte, hoy quiero contemplar las olas”. Y hay que interpretarse, porque también eso es nadar: encontrarse con uno mismo.
Plit sigue braceando en esa dirección: “Eso es vida. Podés encontrarlo corriendo, pintando, escribiendo, en bicicleta, pero en realidad lo que digo es darse cuenta el límite de uno mismo. Todo el tiempo ponemos énfasis en cosas a las que después les tomamos sus medidas. Nada más que eso, porque en realidad todos los humanos tenemos los mismos deseos, las mismas compulsiones, los mismos miedos. Somos seres humanos, ahora; en qué medida uno puede soportar un temor a algo durante tanto tiempo y vivir en un estado… varía de uno a otro. Entonces, uno tiene que aprender el mapa interno. Preguntarse que es bueno para uno y no ponerse el traje apretado de otro, sino tener un traje a medida”.
Le recuerdo la historia del poeta Lord Byron, quien deseada atravesar a nado el ancho Helesponto y, aún rengo, logra cruzar de Sestos hasta Abydos, como si las mismas voces que le hablaban cuando escribía lo hubieran lanzado a esas aguas. Y reflexiona: “Aha, claro, la poesía habilita un poco el subconsciente, sintetiza; es la mejor expresión junto a la prosa, porque nos pega o no nos pega; y entonces, llega. Seguramente la persona que trabaja y se cultiva en las letras, tendría la posibilidad de plasmar lo que escribe en el mundo terrenal.
Discutimos acerca de si el mar tiene ritmos de diferentes poesías, en tanto cambian todos los días sus corrientes, oleajes y la visibilidad. Entonces, ¿qué estilo poético sería el cruce del Canal de la Mancha, qué otro cruzar el Río de la Plata o la Santa Fe-Coronda? Saer habla de este último desafío en sus obras. El nadador se sumerge en el tema: “Yo creo que tiene mucho que ver con lo que uno va sacando. Por ejemplo, para mí nadar es un mantra, junto a la respiración, el mantra es repetición y es respiración. Unimos el movimiento y el aire. A mí no me salían poesías, sino pantallazos, figuras de vikingos, de embarcaciones… Sobre todo en el Canal de la Mancha, porque yo lo tenía muy asociado con historias de barcos hundidos. Lo mismo me pasó ahora en el Estrecho San Carlos, en Malvinas y en diferentes lugares, porque uno tiene la percepción de que hubo mucho escenario bélico y sabe que muchas almas quedaron ahí. El Canal de la Mancha cuenta con embarcaciones de la edad media, de las guerras napoleónicas y de la primera y segunda guerra, además de todos los barcos que pasan a diario, entonces es un lugar de mucha energía”.
Las aguas que separan Francia de Inglaterra también se cobraron las vidas de algunos nadadores. Plit recuerda por lo menos tres fallecidos en los últimos 30 años durante intentos de cruce. “Pero es un lugar en donde hay que saber, y se lo digo a los nadadores que acompaño a cruces, que en el medio está el triángulo de las bermudas, es donde las naves caen, es donde María Inés Mato se descompuso un poco (el autor de la nota recomienda ir al poema sobre María Inés Matto, de Alicia Genovese). A todas las personas que cruzan nadando les pasa algo en esa zona, en el medio, ahí. Eso sirve para detectar que es el medio, porque no se pueden ver las cosas desde ahí. Y aunque tengas un barco al lado, la soledad es muy grande. Horas y horas en un desierto de agua”.
Cuando es consultado por las fuerzas que guían al nadador en esa soledad, afirma que allí “uno está sometido a muchos poderes y a muchas energías”, que es una travesía que te pone a prueba y que las dos veces que cruzó el Canal, con 24 años, se sentía “como un guerrero que pedía más mar y más dificultades, porque no sentía que el agua estaba tan fría, no sentía que las olas eran grandes, a todo lo enfrentaba”. Las aguas están a 15 grados y Claudio realizó el cruce en 9 horas.
La Capri-Nápoles, en cambio, la hizo 16 veces, 15 de manera individual y una en equipo, ganando 4 de ellas. Pero, recuerda Plit, la “más especial” fue la última, en 1986: “Bueno, yo gano por cuarta vez la Capri-Nápoles y a la entrega de premios, que era en un castillo, invitan a Diego Maradona. Él ingresa a un gran patio ubicado dentro del castillo y había 200 personas que lo van a buscar, a tocar. Una cosa de locos. Luego, cuando se calmó todo, le piden que suba al escenario y que me entregue la copa. Fue un momento muy breve, Diego era más que conocido porque había ganado el Mundial de México 86 y cuando regresó a Nápoles era Dios. Algo increíble. La gente daba lo que no tenía por estar a su lado. Así que fue muy emocionante, muy emocionante. Yo había estado en México viendo sus goles, porque entonces entrenaba allá, lo vi jugar ante los ingleses y hacer esos dos goles, el de la mano de Dios y el mejor del mundo. Fue un toque de cariño al ego muy grande. Vi un Diego genuino, muy humilde. Él me dice: Qué bárbaro, ¿cuántas horas nadaste? ¡Que lomo que tenés! Me toca la espalda y me palmea. En ese momento tenía más espalda de lo que tengo ahora. Siempre un Diego humilde, porque reconocía el esfuerzo en el otro deportista. Diego siempre apoyó a todos y todas las deportistas de Argentina. De eso no tenemos dudas”.

Una Odisea que nos hace nadar
¿El mar es, entonces, como un cuento desentrañable, infinito, de múltiples voces y significados? Plit cree que nadar aguas abiertas es una aventura externa e interna, donde la primera tiene que alimentar a la segunda para que se traduzca en disfrute del proceso y crecimiento. Afirma que puede ser con el mar o con otra cosa, pero que “la elección de la aventura es una elección que los seres humanos venimos realizando desde épocas muy antiguas y que se repite a través de mitos y arquetipos”. Y agrega: “Cuando el Ulises u Odiseo de Homero se propone la aventura hay un inicio en el que se sube a la nave, inicia un viaje y emprende un proceso. Internamente le pasan cosas, pero cuando Homero presenta a Ulises muestra un personaje externo que es sobrehumano, que está trasladado a la conciencia de todos los seres humanos. Su relato se puede marcar en las etapas narrativas clásicas del inicio, nudo y desenlace. El camino del héroe. Ulises confronta con la sirena, con el cíclope y tiene que definir su propia odisea hasta encontrar algo que lo lleve a tierra firme. Con el nadador se da ese relato, hay un inicio, una etapa dialéctica que hay que superar y un final. Siempre decimos que hay que participar, pero en realidad buscamos algo: es experiencia, son sentimientos y percepción, pero, por sobre todo, un para qué. Esa es la historia humana”. Nuestra recompensa, explica, es ese Santo Grial de Odiseo y la convicción de haber hecho lo que queríamos. “Cuando estás tratando de matar a la sirena estás peleando con un monstruo personal, porque el ego encierra los miedos, es el gran dragón al que hay que matar. Ahí están todos los miedos, todos los sentimientos a vencer con humildad en una confrontación en la que cada persona puede encontrarse consigo misma”, remarca Plit.
Porque a veces el mar también puede castigar la soberbia, claro, y para Claudio “no hay peor riesgo que no conocer el agua en donde se va a nadar, no interpretarla”. A veces sólo hay que entrar al agua acompañado y allí es donde la natación se alimenta del espíritu colectivo del grupo de nadadores, kayakistas y responsables de la seguridad en lanchas. “Si entro con gente me hago eco de los que están adentro. Conectar con el otro, cuidarse, después de la conexión que te hace decir, mirá nadamos y el agua estaba fría y te reíste nadando en una situación extrema de agua fría con la otra persona. Es totalmente diferente a meterse en soledad. Cuando alguien se pone a cuidar a otros se olvida de uno mismo. Cuidar a alguien en el agua es ganar energía.

Origen, arquetipo y mito
Plit recuerda siempre que cuando era chico iban a pescar el Paraná, en invierno, y se tiraban. Ahora, de grande, cada vez que se tira al agua fría se encuentra con ese niño. “Claro, es un poco revivir la infancia. Cuando uno se encuentra con uno mismo encuentra a su niño interior, porque cada una de las situaciones fuertes las grabamos desde niño. Y dicen por ahí que los viejos terminan haciendo las mismas cosas que hacían de niño. Y el agua es mi niñez, representa las cosas buenas, positivas, de familia, alegres. Soy un hombre de familia: soy un hombre de familia y creo que la familia es una de las mejores cosas que el ser humano puede lograr en la sociedad”.
“El agua fría me hace revivir las emociones de cuando era chico. El agua mueve emociones. Cuando uno se tira a nadar la mente comienza a mandar mensajes de diferentes momentos de la vida, y eso puede llegar a tener un valor terapéutico y tomarlo como quiera. Después de nadar una hora, se entra en un estado de somnolencia alucinante, después de nadar dos o diez horas dieciocho horas, entra en un limbo, que está dado por el mantra de la repetición en cuanto a la respiración, y el estado meditativo que se consigue. No es nada de lo que yo haya inventado, pero si algo de lo que puedo hablar. Vivo meditando, vivo nadando, vivo disfrutando la pileta y el mar; el mar, el mejor intercambio de emociones energéticas que pueda existir, porque tiene algo. Es el origen del hombre. Quizás lo tenemos todas las personas en el inconsciente y vale descubrirlo. Uno está enamorado”, agrega.
Plit junta a muchas personas a nadar en invierno en Mar del Plata, un fenómeno que “se está dando en todo el mundo”, una experiencia que descubrió nadando en los lagos helados de Canadá pero que ahora vive un estallido. En nuestro país, la práctica tiene un antecedente en el pueblo originario Yámana, más precisamente en las mujeres de esas comunidades. Nuestro gran pez, recogiendo el trabajo de Lucas Bridges[1], a quien recomienda leer, afirma que esas mujeres eran “grandes nadadoras”, mientras que lo hombres que subían a cazar “tenían piernas de futbolistas”. “Y si tirás un futbolista al agua se va al fondo, pero no la mujer que estaba con el bebé todo el tiempo y nunca se separaba de él. Ellas estaban atadas a las canoas y entraban y nadaban con el bebé arriba y con un rústico pecho, porque el bebé no tenía que mojarse”, detalla.
Antes de terminar, Plit le recomienda a todas las personas que naden: “No es nadar, ni aprender un estilo. Se trata de un vínculo emocional taoísta con el agua, más allá de la edad”. Para explicar esa relación con el que define uno de los libros más hermosos de la filosofía oriental, probablemente escrito “por un monje, ermitaño, vago, un chino perseguido” que la única maravilla que propone es “disfrutar el presente, el camino”. En lo deportivo, sostiene que el descubrimiento del Tao le enseño a perder, pero añade que, más en general, es una invitación a disfrutar del camino, adhiriéndose al momento, como proponía el Ricardo Soulé de Vox Dei, “el momento en que estás”.
Por último, insiste en que la natación “es colectiva y es familia”, que constituye “un bloque de amor” que permite que incluso las hinchadas rivales de Colón y Unión se unan para alentar en la carrera Santa Fe-Coronda, espera que desde la natación también se pueda hacer algo por el medio ambiente: “Siempre se puede hacer algo. Es muy difícil ponerse de acuerdo, pero me gustaría hacer algo por la ecología, por el medio ambiente, por las embarcaciones fantasmas, por la pobreza. Hay que hacer un gran abracua (abrazo de agua) por toda la humanidad. Es el abrazo que hacemos en Malvinas por los excombatientes que murieron en guerra y por los que sufren los traumas”.

Agradecimientos: Laura Feresin, Paula Ibarra, Germán Lopardo, Carlos Brunelli, Cristina Mhane,  nadadores/as marplatenses, Kurt Rojas, Marcelo Conde y Alejandro Celillo. Fotos  actuales de Victor Hugo Roca.
 
[1]    El último confín de la Tierra (Uttermost Part of the Earth) es una obra literaria escrita en 1948 por Esteban Lucas Bridges -el tercer nacido no aborigen de Ushuaia- en la que relata sus experiencias junto a los nativos selknam y yaganes de Tierra del Fuego, incluyendo la historia familiar y una reseña histórica de Ushuaia desde 1826, cuando el HMS Beagle partió rumbo a las tierras australes al mando del comandante Robert Fitz Roy. Lucas Bridges creció manteniendo relación con los indígenas, conociendo sus costumbres, creencias e idioma, y su interrelación con el hombre blanco. Quien en 1938 lo animó para que escribiera este libro fue el escritor suizo argentino Aimé Félix Tschiffely, que luego publicó en 1953 El hombre de la bahía del pájaro carpintero, un libro en el que relata la vida de Lucas Bridges.